Una vez más me he sentado en el váter a reflexionar sobre temas políticos (la verdad es que ayuda a cagarte en todo). Quiero hablar de los mítines.
¿Qué es un mitin? Es un monólogo (de humor negro en muchas ocasiones) donde una o varias personas comienzan a dar su versión sobre la felicidad en el mundo. El lugar del mitin se suele adornar con colores rojos o azules y la gente que va a escucharlos porta banderas del mismo color con el que está vestido el lugar del encuentro. El caso es que, o bien el señor que habla en el escenario azul o bien el que habla en el escenario rojo, gobernará las vidas de los asistentes durante cuatro larguísimos años (para el ciudadano, para el político es poco). Uno y solo uno de ellos.
¿Quién va a los mítines? Los ciudadanos que tienen la misma ideología que el que está arriba hablándoles y tienen tiempo para ir, lo que se reduce mayoritariamente a estudiantes y jubilados. Si el mitin sale por la tele, entonces los estudiantes se colocan detrás del atril, configurando el fondo, y los jubilados delante del atril, para que no se vean.
¿Qué hace alguien que va a un mitin? Conscientemente sólo aplaude cualquier cosa que diga el que está hablando en el atril. Supuestamente debería escuchar, pero no es así, puesto que aplaude a todo.
¿Votará el ciudadano al partido que da el mitin que ha ido a ver? Rotundamente SÍ. Es más, ya lo tenía decidido antes de ir.
Y ahora es cuando yo me pregunto: ¿Pará qué narices sirve un mitin? Si los que van a él (me pongo en perspectiva del señor del atril) ya te van a votar aunque digas que les vas a tirar la casa.
¿No sería más lógico que los que llevan banderas azules escuchen al señor del escenario rojo y los de las banderas rojas vayan a escuchar al del escenario azul?
En fin, yo sigo siendo un ignorante de la vida.

