Sí. Ya está aquí la segunda blogvela.
No diré nada, sólo mirad el vídeo (con sonido mucho mejor, claro):
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Capítulo 1 | Capítulo 2 | Capítulo 3 | Capítulo 4 |
Capítulo 5 | Capítulo 6 | Capítulo 7 | Capítulo 8
Emma estaba ya cansada de remar, no sabía si se había alejado mucho de la orilla, la neblina la dejaba sin referencias. Decidió parar a recuperar fuerzas, estaba exhausta. Dejó caer su brazo por fuera de la barca, tocando el agua, pero lo recogió enseguida, se había quemado, el agua estaba ardiendo. "¿Cómo es posible?". Miró a su alrededor. El agua comenzaba a agitarse. Salían pompas de su interior. Estaba hirviendo.
La barca comenzaba a moverse cada vez con más virulencia, el lago hervía a borbotones. Emma se agarraba bien para no caerse. Miró hacia el frente, hacia donde la neblina era más densa y vio cómo aparecía la sombra del jinete. La figura fantasmal levitaba sobre el agua. Emma no tenía escapatoria.
Leonardo despertó. Se había quedado dormido. Había amanecido y estaba echado sobre la plataforma de aquella cabaña del lago. Observó que la escalera de mano estaba puesta. Su hermana había vuelto, pensó. Y bajó rápidamente a buscarla. "¡Emma! ¡Emma!", gritó por toda la cabaña sin conseguir respuesta.
Salió fuera, el sol era resplandeciente. Empezó a caminar sin parar de gritar "¡Emma! ¡Emma!". ¿Dónde estaba? Registró varias cabañas más sin encontrar respuesta alguna. Se dirigió hacia lago. Allí encontró una barca volcada. Corrió hacia ella, la rodeó y contempló impotente el cuerpo de su hermana. Le tomó el pulso: estaba muerta.
En ese instante comprendió porqué su padre siempre le prestó mucha más atención a su hermana que a él.
Fin.
Capítulo 1 | Capítulo 2 | Capítulo 3 | Capítulo 4 |
Capítulo 5 | Capítulo 6 | Capítulo 7
Emma dio un grito, se incorporó del todo y se dirigió hacia la escalera. "¡Está ahí! ¡Está ahí!", no paraba de gritar como una loca. Bajó tan rápido que no se dio cuenta que tiró la escalera. "¡La escalera! ¡Emma, la escalera! ¡No puedo bajar!", le gritaba Leonardo desde arriba, que no le había dado tiempo a reaccionar.
Miró por la ventana por la que Emma vio al jinete, pero ya no había nadie. Si saltaba de la plataforma se lastimaría y no podría escapar. Decidió quedarse allí arriba. Miraba de reojo hacia abajo, para ver si llegaba aquél ser extraño. No veía nada. De repente la sombra apareció por la puerta.
Leonardo fue deprisa a la zona más profunda de la plataforma, donde se encogió, cerró los ojos y metió la cabeza entre las rodillas, con la esperanza de que el jinete no lo encontrara. Unos segundo después un olor a ceniza inundó sus pulmones. El jinete estaba allí.
Emma continuó corriendo, buscando en el puerto alguna barca. Encontrar alguna era ahora su única salida. Le pareció divisar una en el fondo, pero la neblina era espesa. Se acercó y comprobó que la barca era real. Tenía remos, así que quitó los amarres, se subió y empezó a remar y remar hacia el interior del lago.
Capítulo 1 | Capítulo 2 | Capítulo 3 | Capítulo 4 |
Capítulo 5 | Capítulo 6
"Fernandito, vamos a las vías del tren ¿te vienes?", le preguntó otro niño a su padre. "Claro". "¿Tienes monedas?". "No, tengo chapas". "Vale".
Fernando pasó al lado de aquellos chicos mucho mayores que él y que lo miraban fijamente. "Vamos a seguirlo", sugirió Emma. Y allí se encaminaron los dos, siguiendo a unos de niños de ¿siete, ocho años?
Llegaron a la vía del tren y oyeron hablar a aquellos muchachos: "¿Qué hora es?". "Faltan quince minutos aún". "¡Jo! Cada vez llega más tarde el tren". "Siempre pasa a la misma hora". "Pues parece que tarda cada día... diez minutos más". "Eres un impaciente". "¿Trae alguien monedas?". "¡Yo! ¡Yo traigo una!". "¡Qué suerte! Yo traigo chapas ¿y tú?". "Yo también". "¿Las ponemos ya?". Emma y Leonardo miraban desde lejos cómo los chavales ponían una moneda y tres chapas de botellín de cristal sobre un raíl de la vía tren.
Uno de los niños se percató que los vigilaban. "Esos son los de la salida del colegio", le dijo otro. "¡Eh vosotros! ¿Qué miráis?", les gritó uno de los críos a Emma y a Leonardo. "Nos han visto", dijo Emma. "Pues vamos para allá", apostilló Leonardo. "¿Estás loco?". "¿Qué más da? Ya nos han visto", dijo Leonardo avanzando hacia ellos. Emma lo siguió a regañadientes. "¡Hola! ¿Estáis poniendo monedas en el tren?", les saludó Leonardo. "Sí", respondieron todos con desconfianza. "¿A qué hora pasa el tren?", inquirió Leonardo. "¡Dentro de dos minutos!" y salieron los chicos disparados a sentarse enfrente de sus monedas y chapas, para ver el espectáculo en primera fila.
"¿Tienes alguna moneda?", le preguntó uno de los chavales. "Creo que sí", dijo Leonardo, metiéndose la mano en el bolsillo. "¡Ya viene, ya viene!", gritó otro. Leonardo se apresuró a sacar la moneda y colocarla al lado de las otras. La colocó en el raíl y se sentó junto a los chicos, el tren estaba encima. "¡Oh, no! Has tirado mi chapa", dijo Fernando, levantándose para colocarla. "¡Fernando nooo!", gritó Leonardo. Pero Fernando no hizo caso. Su cuerpo inerte cayó cinco metros más allá, todos le rodearon. Estaba muerto.
De repente todo volvió a desvanecerse. Pero esta vez seguían en el mismo lugar. Los edificios estaban en el mismo sitio, pero habían cambiado. Era de noche, algunas farolas iluminaban la vía del tren. Estaban en el mismo sitio pero años después; habían vuelto a su época. Una voz sin timbre se oyó a sus espaldas: "¡MUERTE!", dijo. Se giraron y vieron la sombra de un hombre encapuchado, que avanzaba a pasos hacia ellos. "¡Correeeeeee!", gritó Leonardo. Y salieron los dos disparados sin saber dónde ir. "¿Quién era ese? ¿Quiere matarnos?", preguntó Emma mientras corrían sin parar. "¿Tú que crees? Nuestro padre ha muerto con ocho años. Nosotros no deberíamos estar aquí".
Se escuchó un silbido. Un unicornio negro apareció de la nada y el hombre encapuchado se subió a él. Leonardo y Emma seguían corriendo. "¡Leo! ¡Un coche! ¡Allí!", gritó Emma.
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Capítulo 5
"Suéltala, se puede romper". "Pues entonces suéltala tú". "Emma no seas cría y dame la raíz". "¿Que no sea cría? ¡A que se lo digo a mamá!", respondió Emma en tono sarcástico, tirando de la raíz. "En el desván hay juguetes, puedes coger los que quieras", dijo Leonardo siguiéndole la corriente a su hermana. "¿Juguetes eso? Todos están rotos. Además esos juguetes son de...", dijo tirando con más fuerza de la raíz "... cuando papá era un niño". Y la raíz se partió en dos.
Los dos trozos de la raíz de enebro mágica comenzaron a brillar con gran intensidad. Se quedaron los dos en silencio mirando el trozo que cada uno tenía en su mano. Contemplaron atónitos cómo la casa se desvanecía ante ellos y aparecía un paisaje que desconocían. "¿Qué demonios está pasando?", preguntó Emma. "Eres idiota, te dije que la podías romper". "¡Cómo iba a saber yo que ocurriría esto!". "Estamos viajando al pasado". "¿Qué?". "Cuando rompiste la raíz dijiste algo de cuando papá era pequeño". "¿Qué estás diciendo?". "Estamos viajando en el tiempo. Hasta cuando nuestro padre era pequeño". "Me estás asustando". "La raíz era una raíz de enebro mágica; había que romperla y decir en voz alta un lugar en el tiempo y automáticamente apareceríamos en el tiempo escogido".
Emma lo miraba atónita, no entendía lo que decía pero desde luego habían viajado a un lugar muy diferente. Leonardo se lo explicó más tranquilo: "Lo que no sé es dónde estamos ahora". "Parece el patio de un colegio", aportó Emma. En ese instante sonó un timbre en el edificio de al lado y al momento apareció una chiquillería saliendo de él. Un grupo de niños salía corriendo por una puerta roja. Todo indicaba que efectivamente era un colegio y que las clases acababan de concluir.
Se escuchó la voz de un profesor desde aquella puerta roja: "¡Fernando! ¡Fernando Argüelles! ¡Te dejas el abrigo". Leonardo y Emma se miraron. Fernando Argüelles era el nombre de su padre. Se giraron hacia la puerta roja y vieron a un niño recogiendo su abrigo. "Ese... ese niño es papá".
Capítulo 1 | Capítulo 2 | Capítulo 3 | Capítulo 4
"Quiero mi premio", repitió embobado mirando al gnomo. Leonardo estaba agachado con la seta aún en la mano reclamando su recompensa. El gnomo gruñó y dijo "Vamos a ver qué tengo por aquí". Era un ser feísimo, con la ropa gris medio deshecha. Estaba buscando entre todos los bolsillos algo para regalarle. Al fin metió la mano en uno "Vaya, aquí hay algo". Leonardo seguía mirándolo ensimismado ansioso por saber cuál era su premio.
El gnomo por fin sacó algo del bolsillo y se lo mostró al chico. "Mira. Esto es una raíz de enebro mágica", dijo el gnomo mostrándole una raíz seca. "Esta raíz te permite hacer un viaje en el tiempo durante varias horas. Sólo puedes viajar al pasado, hacia un lugar que ya ha existido. Hacia el futuro no se puede viajar, aún no está escrito; no te esfuerces, si intentas viajar al futuro no funcionará". Leonardo lanzó la seta hacia un lado y recojió de la diminuta mano del hombrecillo aquella raíz de enebro mágica, que despedía reflejos amarillos.
"Cómo funciona" le preguntó. "Debes decir en voz alta un lugar en el tiempo mientras rompes la raíz en dos, automáticamente el presente se desvanecerá y aparecerás en la época que hayas elegido". Volvió a mirar la raíz de enebro mágica; el mecanismo parecía fácil, pero tenía otra pregunta: "¿Cuánto tiempo dijiste que...?", y cuando volvió la vista hacia el gnomo, éste ya había desaparecido.
Volvió a casa contento, cargado de setas y con una raíz de enebro mágica. Los días posteriores los pasaba sentado en el porche de su casa con la raíz en la mano, contemplándola, dándole vueltas entres sus dedos. Sabía el poder que tenía entre sus manos y debía ser cuidadoso con la elección. "Un gran poder conlleva una gran responsabilidad" se repetía una y otra vez. Su hermana Emma lo espiaba desde la ventana. Leonardo llevaba unos días comportándose de forma extraña y Emma siempre lo veía con aquello en la mano.
En un momento en que Leonardo no estaba en la planta de arriba de la casa, Emma aprovechó para entrar en su habitación y registrarla. Fue directa a una cajita que había sobre el escritorio. La tomó entre sus manos y la abrió. Entre otros tantos cachivaches encontró aquel objeto que dejaba maravillado a su hermano. Lo cogió y contempló su mágico brillo. Leonardo apareció por la puerta: "Deja eso ahora mismo".
Capítulo 1 | Capítulo 2 | Capítulo 3
Había aparcado su bicicleta en la llanura, justo antes del comienzo de los montes. No hacía falta encadenarla, nunca pasaba nadie por allí, sería muy raro si alguien le robaba la bicicleta. Se encaminó campo adentro. Durante el camino se paró para hacer algunas fotos; siempre se encontraba con algún ciervo y ahora quería inmortalizarlos en una instantánea, así que se escondió entre los arbustos, sacó su Polaroid y tomó varias fotos. Había tenido suerte, parecía haber encontrado una familia de ciervos que comía unida.
Continuó varias horas más recogiendo setas y haciendo fotos. Llegada la mitad del día, cuando el sol estaba en lo más alto, se aparcó al lado de un robusto árbol, se sentó y comió algo de lo que había llevado. Una vez satisfecho se recostó a reposar el manjar y fue cuando vio aquello. Vio una seta varios metros más allá que se movía sola. Se levantó despacio hacia ella, la cogió con la mano y la arrancó.
Descubrió que debajo de aquella seta se escondía un gnomo. Aquel hombrecillo lo miró con enfado, lo habían descubierto. Leonardo siempre escuchó muchos tipos de leyendas sobre estas criaturas. Su madre se las contaba cuando era pequeño antes de dormir. Le fascinaba escucharlas y había días enteros que los dedicaba a buscar gnomos. Leonardo creció y olvidó aquellas historias. Los gnomos no existen.
Avanzaron más despacio, sin llegar a correr, buscando un lugar donde cobijarse. Leonardo se acercó a la orilla y tocó el agua con la mano. "Está caliente. Muy caliente". "Esa cabaña parece buena". "¿Nos vamos a meter en una cabaña?". "¿Tienes una idea mejor?". "Sí, podemos meternos en el lago. Debe haber alguna barca por aquí". "¿En el lago. Estás loco?". "Mira, estas cabañas se caen a pedazos. No creo que haya ninguna barca sana por aquí, no he visto ninguna. Además el lago es enorme y los puertos distan mucho unos de otros". "Vale, vale. Nos meteremos en una cabaña".
El jinete seguía caminando, sin prisa, pero sin detenerse. Llegó al cerro y contempló el lago desde lo alto. Era una fotografía espléndida, tétrica. Bajó despacio, sabía que ya eran suyos.
Emma y Leonardo habían elegido ya una cabaña y estaban dentro, buscando el mejor escondrijo. Todo estaba en silencio. Los muebles carcomidos estaban cubiertos de sábanas mohosas y el suelo chirriaba a cada paso. La puerta de la cabaña estaba descolgada y no les costó mucho cruzarla. Avanzaron a otra habitación y algo sobrevoló sus cabezas con estruendo. Se tiraron al suelo aterrorizados. Desde allí volvieron la cabeza hacia arriba y vieron dos grandes ojos que los escudriñaban, muy abiertos, muy atentos, parpadeantes. Aquél búho les había dado un buen susto.
Había una escalera de mano que subía a una plataforma en lo alto de la cabaña. Allí había montones de trozos de madera cortados para servir de alimento al fuego de alguna chimenea. Decidieron quedarse allí sentados apoyando las rodillas en sus pechos, en silencio, sin apenas respirar. Emma podía ver el miedo en los ojos de su hermano:
- ¿En qué piensas?
- Nunca debimos haber hecho aquel viaje en el tiempo.