Raíz de enebro (2/9)
"No vamos bien por aquí. Emma deberías haber girado en la calle anterior" le replicó Leonardo. "No quiero dar más vueltas a este pueblo. Quiero salir ya de él". Conducía atenta a las calles, cambiando de dirección siempre que podía. "Le llevamos ventaja, podrías ir más lenta y ver bien hacia donde nos llevas". "Sé perfectamente a dónde me dirijo. ¡Mira!". Señaló la salida del pueblo. Torció un par de veces más y cogieron carretera. "¿A dónde vamos?". "A cualquier sitio que no sea este". "¡Oh! Sabes perfectamente que vayamos donde vayamos nos seguirá". "No, no te cruces!!!".
Pero aquel conejo se asustó aún más y no paró hasta que no cruzó la carretera. Emma dio un volantazo y se empotró contra un árbol. Los airbags se pegaron a sus caras. Estaban aturdidos, desorientados. "Leo ¿estás bien?". "Sí, creo que sí. ¿Y tú?". "Eso parece. Tenemos que seguir a pie". "¿A pie? ¿Hacia donde? Esto es un bosque. Aquí no hay nada". "Vamos hacia el lago". "¿Hay un lago?". "Sí, y varias cabañas alrededor". "¿Cómo? ¿Conoces esta zona?". "Papá solía traerme aquí, antes de que nacieras. Soy mayor que tú ¿recuerdas?". "Pues a mí nunca me trajo". "Papá conocía bien esta zona. Se crió aquí". "Siempre te presta más atención a ti que a mi", refunfuñó Leonardo.
Salieron disparados corriendo entre los árboles, saltando piedras y badenes. "Por aquí, Leo!!". Apenas se veía nada, algunas nubes desaparecieron permitiendo vislumbrar varias estrellas. El conejo volvió a mitad de la carretera, mirando fijamente hacia el horizonte, en dirección al pueblo. La sombra del jinete se hacía cada vez más grande, se aproximaba hacia él, pero fue reduciendo su velocidad hasta detenerse justo delante. El jinete bajó del unicornio y su cuerno había dejado de relucir. Giró su cabeza envuelta en su capucha y vio el coche arrugado frente a un árbol.
Sabía que iban a pie. Bajó la mirada hacia el conejo, que permanecía inmóvil. Sus ojillos lo miraban fijamente, acurrucado. El jinete se arrodilló ante él, levantó su mano y le acarició el lomo, con cuidado. Poco a poco, los chispeantes ojillos del animal se fueron cerrando hasta que su cabeza dio en la carretera.
El jinete se levantó, se ató fuerte el hábito en su cintura y comenzó a andar por el bosque. El unicornio siguió en la calzada, rascado el suelo con su pata delantera, la cabeza agachada y bufando, en silencio, siempre sin hacer el más mínimo ruido.
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losmundosdeyupi-ter dijo
¿Raro? ¡Pues no queda na! Vas a saber lo que es raro, ésto no es nada.
27 Julio 2007 | 10:52 AM